Testimonio – Voluntariado Spínola 2018

Un poco después de cruzar la frontera, el aire fresco se zarandeaba por nuestros cabellos, las voces de la gente sonaban diferente, y los corazones caían en la cuenta. Nuestro hogar paraguayo estaba lejos ahora, el guaraní había dejado de resonar en nuestros oídos, la pena de alejarnos de la familia crecía por dentro. Los abrazos de despedida no fueron suficientes, los cantos de alegría, tampoco.

Año tras año, nos mudamos provisoriamente a este país vecino que nos sabe a casa; dejamos nuestras vidas para entregarlas a un mundo que necesita de corazones dispuestos a darlo todo; nos reencontramos con esta familia que no conoce de fronteras y que es tan inmensa como la gente que la compone, ¡Familia Spínola!

La vida en Paraguay es simple, tereré, chipa y sopa; cantos bajo el Sol y bajo la Luna; cosquillas y sonrisas; lápices y cuadernos que cuentan historias; ojitos negros, achinados, y manitos que al acariciarte te desarman el alma; sueños escritos en versos que suenan como alabanzas a la existencia; selvas y esteros que  asisten vivaces a cada puesta de Sol.

La experiencia de ser voluntaria Spínola cambia tu vida, cambia la forma en que mirás al Mundo, el valor que le das a los momentos y a las personas, cambia tu corazón. Ser voluntaria significa entregar todo eso que se te da gratuitamente; significa entregar hasta la última gota de amor que te corre por el cuerpo. Ser voluntaria es estar dispuesta a recibir la inmensa cantidad de amor que el Mundo tiene para darte, el cual es tan grande que no cabe en el corazón ni en el alma, que se desborda y fluye como el agua a través de tus ojos.

Sentada en casa, en la comodidad de una vida que me lo da todo, extraño la pequeñez y los detalles; extraño los viajes largos por caminos empedrados, sentada en la parte trasera de un pequeño camión de carga que hacía que el viento me vuele los pensamientos y que permitía una vista privilegiada de una naturaleza que se manifestaba alegre por ser respetada; extraño la sonrisa de mis hermanos y hermanas, de quienes cruzaron el charco para servir y de quienes cruzaron la calle para recibirnos en su casa; extraño llegar a cada barrio y abrazar fuerte a su gente; extraño sentarme en el pasto sabiendo que una oleada de pequeños vendría corriendo para aplastarme con tanto amor; extraño las casitas con pisos de tierra, los patios llenos de frutales y huertas.

Este viaje no hubiese sido igual si a mi lado, pegaditas, no hubiesen estado mis hermanas. Esas hermanas que elijo, hermanas que me regaló aquel que todo lo puede, hermanas del alma y del corazón. Alegres, entusiastas y valientes, nos atrevimos a cruzar la frontera sabiendo que nos teníamos las unas a las otras; sabiendo que todo estaría bien si confiábamos en nosotras; sabiendo que a pesar de todas las diferencias nuestra alma misionera nos guiaría.

Mirando como el Sol lucha para asomar en medio de una tempestad, las palabras de un himno paraguayo resuenan en mi cabeza… “La alegría de sentir que tengo tanto”, la simpleza de un canto que nos enseña a vivir con poco, amando mucho y riendo a carcajadas.

Lo que comenzó hace más de un siglo atrás como un sueño, hoy es una realidad que enorgullece; hoy es una familia que recorre el mundo anunciando la Buena Noticia y regalando ese carisma maravilloso que la caracteriza.

Aguyje Pehêngue Kuéra

Valentina Weihmüller

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