¡Bendita pobreza que despierta el corazón humano!

Maria PuertoConcuerdan los evangelios al afirmar que de la abundancia del corazón habla la boca. En esta ocasión el corazón está inundado. El frío invierno en estas tierras paraguayas ha sido demasiado cálido en vivencias, e intentar expresar con palabras tantas emociones y sentimientos no es tarea fácil.

Todo empezó por un barrunto. Un pensamiento fraguado por muchos años. Una necesidad vital. Una ilusión. Pero el miedo a hacer un paréntesis de dos meses y abandonar todo lo que me era confortable no lo puso fácil.

Pese a todo aterrizo en Paraguay. Al llegar a nuestra escuelita todo apuntaba a un barrio humilde marcado por la pobreza. Pero cuando conocí el Bañado, a tan sólo unos metros de casa, me adentré en la más absoluta miseria humana. Experimenté el olvido, la indignación, la frustración, el ahogo existencial. Como si de exiliados de la vida se tratase. Familias, niños y grandes, por caminos de tierra y envueltos en barro y basura. En matorrales y escombros. Casi inundados por el agua, el lodo y un olor desagradable. Por hogar una pobre chabola. Ante tanta fragilidad se hizo el silencio. Durante horas no pude articular palabra alguna. Me agarré a la Cruz que llevo colgada y continué como un caminante sufriendo al contemplar tanta injusticia.

Sólo una cosa me hizo no perder la esperanza y desear con fuerza estar ahí: la felicidad y la sonrisa de esos niños. No tienen nada pero son felices, muy felices. Y su mirada: como si necesitándolo todo, no desearan nada. Y es que como ya dijera Platón, hay una pobreza que no reside en la disminución de las riquezas, sino en la multiplicación de los deseos.

Día a día, todo este escenario tan inhóspito para muchos, se fue convirtiendo en un lugar bonito y agradable. Este aparente desierto de pobreza era en realidad un oasis de esperanza y de humanidad. En él he podido experimentar la gratitud, la amabilidad y la entrega sin reservas. Gente sencilla y agradecida que da todo lo que tiene. Personas con un profundo sentido de familia y de unidad. Un pueblo que no deja de sorprenderme por su fe, cariño y hospitalidad.

Paraguay es un lugar donde como dice aquella canción, vuelvo a respirar profundo. Y que se entere el mundo que de amor también se puede vivir. De amor se puede parar el tiempo. No quiero salir de aquí. Porque vuelvo a verte otra vez. Vuelvo a respirar profundo. Y que se entere el mundo que no importa nada más.

Pocas veces pienso en España, pero cuando lo hago sólo es para cuestionar mi vida allí. Siendo consciente de todo lo que he visto y vivido siento temor por mi partida, tristeza, compasión. Aquí todo es diferente.  Aquí se reconstruyen muchas de las miserias de nuestro mundo: egocentrismo, avaricia, superioridad, etc. Por ello es que extrañaré cada momento. Extrañaré esta vida sencilla y sin preocupaciones por el estilo, la ropa o la imagen. Extrañaré el tono de mis niños cuando me llaman «profesor». Extrañaré la pobreza y la vida de estas tierras. Extrañaré esta raza guaraní. Rohayhu Paraguay. Aguyje. 

Juan Rafael Ruíz

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