Voluntariado Spínola 2017 – Testimonio argentino

Transcurría el octavo día, del séptimo mes, del año diecisiete, del segundo milenio… cinco de los diez misioneros argentinos partíamos de San Carlos Centro, con destino a Ayolas, Paraguay. Cuando a las 4 a.m. iniciamos el viaje no se nos ocurrió, que llegar a aquella ciudad paraguaya, iba a ser toda una travesía. Luego de sortear algunas dificultades arribamos a destino, con aproximadamente ocho horas de retraso, agotados, pero completamente felices, porque sabíamos que nuestra aventura como misioneros había comenzado.

Otros seis misioneros sancarlinos emprendieron su viaje a las diez p.m. de ese mismo día, en un ómnibus que partió desde la capital santafesina. El mediodía, del domingo nueve, iba a ser el momento en que el grupo de jóvenes pisaba suelo ayoleño.

Luego de vivir nuestro primer encuentro con los misioneros españoles, y ya unificados como una sola comunidad, recibimos alegremente a quienes, luego de viajar doce horas, llegaban desde Argentina.

Un espectacular almuerzo de domingo, fue el primer momento de plena comunión entre las tres comunidades (Paraguay, España y Argentina).

La misión práctica comenzó el lunes siguiente, precisamente el día 10 de Julio. Muy temprano partimos, junto a españoles y paraguayos, a Estero Bellaco. Este apartado sitio fue, durante tres días, el espacio de acción de la Familia Spínola. Fue el lugar en donde no sólo misionamos, sino que también colaboramos con la formación de aquellos que deseaban obtener los sacramentos cristianos.

A metros de detener los vehículos, frente a la capilla del lugar, pequeñas personitas se acercaron para abrirnos el portón que iba a permitir la entrada al terreno. La sonrisa de esos niños impactaron a todos, la felicidad de saber que al fin este grupo de aventureros había llegado a su casa, la alegría de poder guiarnos por las extensas tierras, de poder mostrarnos lo hermoso de sus pagos.

Para los casi treinta misioneros que visitamos Estero es imposible no sentir cosquillas de alegría en el estómago, al recordar la sencillez, la amabilidad, la ternura y la honestidad de cada habitante de esta comunidad; pero también es imposible no

sentir esa sensación de amargura e impotencia, al ver las realidades en las que estaban inmersos, la soledad y el abandono del resto del mundo, que debían afrontar.

Los tres días en Estero Bellaco estuvieron repletos de historias de vida, de anécdotas, de juegos, bailes y cantos alegres, de entrega y sobre todo de compartir.

Compartir es el verbo más adecuado para definir la misión por este lugar, compartimos risas y tristezas, cantos y rezos, compartimos lo que cada uno podía dar, lo que cada uno podía ofrecer desde lo más profundo de su corazón.

Darle un cierre a la visita a Estero, fue para todos un poco difícil, dejar atrás la belleza de esa gente, los abrazos de esos niños y el amor que recibimos, fue un desafío. Pero ese gustito amargo no impidió que la comunidad de Bellaco se llenara de brillo con la jornada del miércoles por la tarde, donde vivimos el que iba a ser nuestro último encuentro, al menos por un tiempo.

En los días posteriores fue el apoyo escolar la principal actividad de quienes misionábamos. Tres lugares puntuales funcionaron como sede del apoyo: la capilla de San Isidro, en el barrio que lleva el mismo nombre; el salón de los pescadores, en el barrio San Rafael; y el Pre-escolar Madre Celia.

Niños de dos años en adelante, nos esperaban puntualmente cada día, a las 9 hs en San Isidro y a las 14.30 hs en San Rafael, para compartir sus tareas, sus dudas y por supuesto, juegos y canciones. En simultáneo, por la mañana y por la tarde, decenas de pequeños asistían al Pre- escolar, en donde un grupo de misioneros aguardaba por ellos.

Cada día que llegábamos a los barrios era una sorpresa, nos sorprendíamos de las ganas de aprender de muchos de los niños y niñas que asistían, de las ganas de jugar de los más pequeños, de pintar, de dibujar, de intentar escribir su nombre. Lo que sucedía en el Pre-escolar era extraordinario, los niños llegaban antes de la hora propuesta y siempre deseaban quedarse una vez que la jornada había concluido. En cuestión de segundos llenaban de color y risas jardín de la escuelita, y por supuesto, nos llenaban de brillo.

Entre sumas, restas, multiplicaciones y divisiones, entre abecedarios en español y guaraní, entre pinceles y lápices pasamos días increíbles, enseñamos y

aprendimos. Allí empezamos a recorrer un camino que continuarían nuestros hermanos españoles, después de que regresáramos a la Argentina.

En nuestro paso por el Paraguay tuvimos algunos regalos extras, la oportunidad de colaborar con Infancia Misionera , en el barrio de las Mil Viviendas y en el salón Marcelo Spínola, que pertenece a la congregación. Dos grupos totalmente distintos, realidades distintas, pero con un sentimiento común, con las mismas ganas de crecer en la fe y de ser “misioneros todo el día”. Durante algunos días fuimos, además de misioneros, pintores de muros; gracias a la propuesta de las hermanas, de restaurar los tapiales y columnas que rodean al Pre-escolar y al salón Marcelo Spínola.

Los días que pasamos en Ayolas fueron de los más enriquecedores que, probablemente, tuvimos en nuestra vida, fueron simples pero llenos de sensaciones espectaculares, fueron días en los que solamente importaba el corazón, importaba hacernos bien, querernos y abrazarnos, disfrutar de estar codo a codo con el otro, importaba educar y transmitir.

Haciendo una reflexión de esta aventura que el Señor, Marcelo y Celia, nos propusieron, hay algo en lo que no podemos dejar de pensar: las miradas. Libres de prejuicios, de contaminaciones sistemáticas hay algo que no dejamos de hacer ni un minuto en toda la misión, no dejamos de mirar, de mirarnos. Cada vez que miramos descubrimos lo más profundo de cada ser; cada vez que nos miraron, directamente a los ojos, nos descubrieron. Las palabras no eran necesarias, la honestidad de los ojos lo decían todo, nos entendíamos en silencio.

Sólo pasaron unos días de que nos despedimos de nuestros hermanos paraguayos, de nuestros hermanos españoles, de todos esos angelitos de rostros alegres y corazones puros. A pocos días de abrazarnos por última vez y de decirnos “hasta pronto”, sentimos esas ganas desesperadas de volver, de encontrarnos de nuevo, sonreímos al recordar… y mirando al cielo agradecemos por esta experiencia que nos cambió la vida.

Ser voluntario Spínola es vivir con la mano tendida a los demás con una actitud de servicio, atenta y desinteresada… ¡Es ser agradecido!

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