Doña Mari

IMG-20160805-WA0026Doña Mari lleva trabajando en la escuelita poco más de dos meses y lleva viviendo cuarenta en el Bañado Norte. Cuenta con orgullo que su abuelo fue el que fundó el barrio hace ya más de cien años. En el rostro se le dibuja una sonrisa cuando me retrata como era el barrio antes de que lo deforestaran. Me lo resume en naturaleza hermosa, pájaros, azul y verde (yo, que tengo la suerte de conocer el barrio, le añado casi seguido el rosa del atardecer en el lago, imagen de la que no puedo despegarme)

El Bañado Norte es un barrio humilde situado a las orillas del río Paraguay. En el otro lado, nos encontramos la avenida Artigas, una de las principales avenidas de la capital paraguaya. Los que viven allí sufren casi anualmente las crecidas del río. Como consecuencia sus casas quedan inundadas hasta el techo. Es entonces cuando toman lo que pueden y con cuatro tablas de madera construyen lo que será su casa hasta que el agua vuelva a bajar.IMG-20160811-WA0018

Ese era el panorama cuando llegamos al barrio. Las paredes de la casa de las hermanas y de la escuelita no se veían, porque las casillas de madera las cubrían. Recuerdo que no pudimos abrir las ventanas de la habitación donde dormíamos hasta que pasaron dos semanas, ya que si abríamos las ventanas “entrábamos en casa ajena”.

Mari me cuenta que las inundaciones del barrio es cosa de siempre. Cuenta como anécdota que hace años tenía trescientas gallinas y que tras la crecida del río se quedó con cuatro. Todos los días se acercaba en canoa para dar de comer a las que se quedaron “atrapadas” en el techo de su casa. La naturalidad con la que lo cuenta hace que una vez más me cuestione ¿cómo es posible?

No suficiente, a los vecinos del Bañado norte se les viene encima la construcción de un paseo marítimo que bordea Asunción, que pasa justo por el barrio y que conlleva a la destrucción de este. El proyecto de la Costanera, ya en la segunda fase, lleva consigo además de la construcción del paseo marítimo, el afán de construir la zona en algo turístico y lujoso, que no concuerda con el paisaje actual de casillas de madera, chanchos, gallinas, perros, niños descalzos y basura.

IMG-20160810-WA0046“Si vivir aquí ya cuesta, salir de aquí cuesta más” me dice Mari. “¿Qué va a pasar con nosotros?”, se pregunta. “Nadie dice ni hace nada por nosotros, nos quieren sacar de nuestras raíces”.

El plan que se les ofrece a los bañadenses es el de trasladarlos a una zona que todavía no se tiene clara, no hay fechas, no hay nombres, y por no haber no hay ni censo. Los habitantes de los bañados son invisibles a los ojos del gobierno, de los inversores, de algún que otro órgano internacional que hay de por medio y hasta de los de algunos que viven en la propia capital. Lo que si se tiene claro es que lugar al que se les trasladaría es un lugar sin escuelas, ni mercados, ni hospitales… y no es justo conformarse con eso. Los vecinos del bañado reclaman una vivienda digna en su barrio. Reclaman respeto, solidaridad, empatía y justicia.

Doña Mari confirma su postura añadiendo que han sido ellos mismos los que lo han construido. Antes, no había ni luz ni agua. El agua se bebía del propio río (ahora contaminado) y para la luz se apañaban con las lámparas de aceite. “Lo más triste es que se va a terminar el barrio” añade. Un barrio humilde y tranquilo donde de la nada han ido apareciendo poco a poco escuelas, capillas, canchas y algún que otro negocio. La pregunta es constante en su discurso: ¿qué va a pasar con nosotros?

Mari, como muchos otros vecinos, tiene su trabajo, su familia, sus amigos, su casa y sus recuerdos allí. No es justo que tras 40 años luchando por su vida esté barajando la posibilidad de tener que empezar de cero en un lugar que no es el suyo.

Sin embargo vivir con esta incertidumbre no afecta al carácter de Mari, que me lo cuenta todo con una sonrisa. Cosa del Bañado es compaginar la felicidad con lo sencillo y lo humilde.

Mientras me cuenta que su casa es de madera y que por tanto no tiene derecho a una supuesta subvención que les van a dar cuando se marchen, suelta una carcajada y añade “es mi casa”. Al escuchar como suelta la carcajada yo no sé cómo reaccionar, si seguirle la sonrisa o dejar que se me escape la lágrima. Al final me encojo de hombros y dejo que siga hablando.

Termina para seguir limpiando la escuelita “poniendo su esperanza en Dios” y agradeciendo la oportunidad de vernos allí. Lo que no sabe Mari es que soy yo la que se siente agradecida por poder haber pasado estos dos meses allí, y que su deseo de volver a vernos se ha convertido también en mío.

“Ojalá vuelvan y nosotros sigamos aquí”, me dice mientras me abraza…

Amparo López, voluntariaIMG-20160828-WA0050

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